San Juan en 72 horas

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Pura adrenalina: carrovelismo en Barreal. Foto: Denise Giovaneli/Lugares.

El avión está por bajar sobre la pista del aeropuerto de San Juan. Hace apenas unos minutos apareció por la ventana una gran mancha verde en medio del desierto. Con la luz del alba el oasis crece y crece a medida que la aeronave baja, dejando ver con claridad los surcos de los viñedos: es cierto que San Juan es “la otra” provincia del vino; una hermana más callada y escondida detrás de la pujante Mendoza.

Sabemos tanto de una y tan poco de otra. Porque, además del vino, ¿qué más viene a la mente acerca de San Juan? Sarmiento por supuesto, las montañas, el desierto, la Difunta Correa, los terremotos y el sol. No lo suficiente. Pero lo bastante tentador como para emprender viaje y conocer algo más de esta provincia triangular pegada a Chile.

Muy temprano por la mañana, el sol ya salpica de luz el paisaje e ilumina cada pliegue de las montañas. Son apenas las 7.20 y el avión ya aterrizó, horario ideal para aprovechar un día completo. El pequeño aeropuerto se desocupa muy rápidamente. El tiempo de cumplir con los trámites para alquilar un auto y ya no queda casi nadie. El encargado, Claudio, fue muy expeditivo: en apenas 10 minutos ya estamos con las llaves en mano, listos para recorrer la provincia. ¿Dónde empezar? ¿Por una vuelta por la ciudad para tomar un buen desayuno y conocerla un poco o lanzarse directo por la ruta 141 en dirección a Vallecitos, la primera parada programada de este viaje relámpago?

La opción café gana la apuesta. Llegamos a la avenida San Martín, que cruza la ciudad de par en par. Las calles no están en muy buen estado pero el centro es chico y se llega rápidamente hasta la zona de la plaza 25 de Mayo en busca de un lugar donde dejar el auto.

El estacionamiento es medido: hay que comprar una tarjetita con créditos de horas en los kioscos y bares y buscar al empleado municipal de remera azul que la pasará por un lector portátil y entregará un ticket. Luego del terremoto de 1944, la ciudad fue reconstruida totalmente y no hay que buscar construcciones históricas en torno a la plaza. De hecho, la Casa Natal de Sarmiento es el principal lugar histórico de la ciudad. Abre a las nueve, cuando el centro empieza a activarse. Los primeros visitantes del día ya se sacan fotos con una estatua microcéfala del prócer, sentado sobre un banco con un libro de lectura entre las manos.

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La Casa Museo de Sarmiento. Foto: Xavier Martin/Lugares.

Luego de cumplir ese ritual y haber pagado el módico derecho de entrada, visitamos las piezas, abiertas en torno al patio central donde están la famosa higuera y el no menos famoso telar de Doña Paula. Las piezas encierran objetos, documentos y retratos de la familia Sarmiento, trazando así la vida que llevaron sus integrantes en aquella casa de gruesas paredes blanqueadas con cal hace más de un siglo y medio. En el patio se ha recreado la huertita familiar. Allí las paredes se ven cubiertas de placas de diversos organismos y personajes que rinden homenaje tanto al político como al educador.

Altares en el desierto

Frente a la casa-museo, en el lado opuesto de la placita, algunos esqueletos de dinosaurios custodian la puerta de la oficina de turismo. No está de más pasar para pedir un mapa, aunque se viaje con GPS, para recopilar algunas recomendaciones en cuanto a las rutas y su estado. Ya es hora de partir hacia el Parque Provincial Ischigualasto, más conocido como Valle de la Luna, con una parada en Vallecito, para conocer el santuario de la Difunta Correa. Se llega en menos de una hora a los grandes playones calcinados bajo el sol. Las sombras parecen haber sido desterradas de aquel lugar donde la leyenda dice que Deolinda Correa murió de sed, de hambre y de agotamiento. Seguía a la tropa de militares, en la cual su marido era recluta. Su muerte y cómo se salvó su bebé son la base del culto que se le rinde sin querer ceder terreno frente a la más nueva popularidad del Gauchito Gil.

Las primeras intercesiones que recibieron sus devotos ocurrieron a los pocos años de su muerte, a mediados del siglo XIX. Los carreteros expandieron su culto por los caminos de Cuyo y más tarde los camioneros al resto del país. Miles de devotos y curiosos pasan por Vallecito cada año, un lugar que vive únicamente por y para las capillas levantadas con el objetivo agradecer los favores recibidos a lo largo de décadas de peregrinaciones. La única calle está bordeada por casas de comidas rápidas y santerías. Detrás de ellas están los santuarios y una lomada que es como el Gólgota local, a cuya cumbre se accede por escaleras cubiertas por amuletos y chapas de autos. Cada capilla conserva objetos dejados por los fieles de manera temática: maquetas de casas, juguetes, autitos, trajes de quinceañeras y mucho más en un increíble sinfín.

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El Valle de la Luna, un viaje al período Triásico entre formaciones rocosas sorprendentes. Foto: Pierre Dumas.

Mientras las parrillas empiezan a tirar humo, preparándose para el mediodía y el almuerzo de los pasajeros de algunos buses que ya empiezan a llegar, retomamos viaje. La meta es llegar en algunas horas a la entrada del Valle de la Luna. El recorrido en auto dentro del parque dura tres horas.

Como sobre la Luna

Llega el mediodía y el sol está por encima del auto. En dirección al norte, bordeamos las Sierras del Valle Fértil, pasamos por San Agustín y finalmente llegamos a la entrada del parque. Para visitarlo, el proceso es simple: hay que dejar el auto en el playón, comprar las entradas en la oficina (en efectivo porque no toman ningún medio de pago electrónico) y volver al auto para tomar su lugar en una fila que se va formando delante de la barrera de acceso. Sólo tenemos que esperar ahora que el guía llegue, suba al primer auto de la caravana y se ponga en marcha.

Son las cuatro de la tarde y vamos a formar parte de la penúltima salida del día. Nuestra caravana cuenta con sólo seis autos. En invierno tuvieron que limitarlas a 30 vehículos, después de haber alcanzado picos de 50. Nuestro guía se llama Luis y advierte que pararemos cinco veces, que el recorrido es de 40 kilómetros y que la visita va a durar tres horas.

Primera parada: en un mirador al costado del mismísimo valle que le dio su nombre al lugar. El paisaje es totalmente lunar. Es un mundo mineral de texturas y colores diferentes según las capas de rocas. Luis explica que “el parque es el único lugar en el mundo donde se puede ver de manera clara la evolución de la tierra en el período Triásico. Las diferentes capas de rocas y terrenos fueron erosionados y muestran cómo se formó la tierra entre 250 y 200 millones de años atrás. En aquel tiempo el valle no era un desierto. Fue cuando aparecieron los primeros dinosaurios, cuyos fósiles son mucho más chicos que los de la Patagonia, que vivieron más tarde”.

Luis va desgranando sus explicaciones en cada parada. La siguiente es dentro del valle, en medio de un paisaje de otro planeta. Grandes y chicos caminan hasta la Cancha de Bochas. Ese campito de piedras redondas fue descrito por primera vez por los recordados Federico y Marlú Kirbus hace varias décadas. Si pudiesen verlo hoy se sorprenderían seguramente, porque hay bastante menos “bochas” que cuando tomaron sus primeras fotos allí. Luis advierte: “Las que encontramos, las concentramos en un mismo lugar. Pero quedan muchas dentro del suelo y a medida que la erosión haga su trabajo aparecerán en la superficie”.

dinosarios san juan
Dinosaurios bien autóctonos. Foto: Pierre Dumas.

Siguiente parada: frente a un símbolo maltrecho del parque, el submarino. Desde el año pasado, tiene sólo uno de sus dos “periscopios”. El otro fue derribado por un rayo.

La cuarta parada está ahí nomás: es el nuevo centro interpretativo acerca de los dinosaurios del valle, cómo se detectan y cómo se estudian. Como en las mejores escuelas, se pasa de la teoría a la práctica; saliendo por una pasarela se llega hasta una roca en la cual está incrustado un pequeño hueso fósil, identificado por su color oscuro. La última parada es la más emblemática: frente al Hongo, el símbolo del parque. Las visitas de la tarde son las mejores para admirarlo. Está iluminado por el sol en su mejor ángulo y se destaca frente a la pared de rocas rojas en segundo plano. Ese irregular muro rocoso es el mismo que el del Parque Talampaya, que empieza a unos kilómetros de distancia en territorio riojano. Sólo falta regresar al portal de entrada, media hora bordeando las rocas rojas, unas más fotogénicas que otras luego de cada curva.

Antes de irnos, pasamos por el museo, un gran galpón donde se exhiben esqueletos fósiles y reconstituciones de dinosaurios del Triásico.

Cruces sanjuaninos

El sol ya no está tan alto en el cielo. Es hora de seguir viaje a Jáchal, el próximo oasis en el desierto sanjuanino. Se llega por la ruta panorámica 150. Es nueva y en perfecto estado, pero sobre todo es una de las trazas más lindas del país. Cruza toda la cadena montañosa del parque y pasa por delante de la oficina de los guardas, custodiada por el esqueleto de un gran saurópodo. Un cartel que advierte “no tocar el dinosaurio”. ¿Morderá?

Llegamos a Jáchal por la noche. La ciudad está en plena efervescencia en verano porque es el paso de todos los viajeros que cruzan a Chile por el paso de Agua Negra. Allí Daniel -el responsable del Apart C&C- se revela como el mejor informante del pueblo. Sus indicaciones en cuanto al estado de los caminos y el mejor itinerario son muy valiosas. Para volver al sur, a Calingasta y Barreal, aconseja ir por lo que llama el camino alto: “En lugar de la 40 que cruza el desierto, vayan por Rodeo y Las Flores. Van a pasar por pequeñas rutas de montaña y van a bordear las cumbres nevadas de la Cordillera. Es muy fácil: salen de aquí por la 150, bordean el dique de la Cuesta del Viento, y antes de llegar a la aduana, luego de Rodeo, van al sur en dirección a Iglesia. Luego siguen hacia Talacasto por una ruta nueva y un gran puente sobre el río San Juan. Lo llamamos el puente de Pachaco. Finalmente, una última rotonda les indicará cómo llegar a Barreal”.

Dicho y hecho. Se arriba así a Calingasta, donde la principal atracción es una sucesión de plataformas panorámicas sobre el inmenso lecho del río de los Patos. El nomenclador de aquellos miradores parece inspirado por una novela de Kafka: están numerados de una manera muy administrativa. Hasta hay un 5a, un 5b, un 5c y así sucesivamente. Llegamos a Barreal por la tarde, luego de una gran tormenta. Llovió toda la noche y parte del camino está cubierto por gravas arrastradas por el agua desde las montañas sobre la ruta. En la entrada del pueblo un puente ha sido arrastrado en parte y se pasa sobre un sólo carril. Pero el sol secó todo en unas horas.

Hay dos observatorios, pero tiempo para uno solo: optamos por el mayor, el Casleo (de hecho el más grande el país). La visita permite conocer su gran telescopio y la sala de computadoras donde trabajan los científicos. La guía se llama Celina y explica de manera accesible el muy complejo campo de estudios de los científicos del Conicet y sus colegas de varios países del mundo. Para llegar cruzamos una pequeña porción del parque del Leoncito, que antiguamente fuera una estancia. Los guardaparques mantienen y ponen en valor su histórico manzanar, donde San Martín y sus tropas hicieron un alto en su expedición a Chile.

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El observatorio CASLEO en Calingasta. Foto: Pierre Dumas.

Desde el parque se ve una gran mancha blanca en la parte más baja del valle, al pie de la Cordillera. Es el fondo de un lago prehistórico que dejó una llanura perfecta de más de 10 kilómetros de largo y varios de ancho. El lugar se conoce como Pampa del Leoncito o Barreal Blanco, donde se practica carrovelismo.

Luego de pernoctar en Barreal, no hay que perder tiempo por la mañana del día siguiente para volver a San Juan. Doscientos kilómetros, volviendo por el tramo afectado por los derrumbes y los arrastres y llegando gracias a un tramo final vía la mítica RN 40. El primer caserío sobre esta ruta tiene un nombre pintoresco: Matagusanos. Pero más que su cartel, los que paran para sacar fotos lo hacen por el mojón del kilómetro 3500 de la ruta, un poco antes de llegar a San Juan. Unos minutos más y llegamos a los primeros suburbios de la ciudad. Mil doscientos kilómetros en poco menos de tres días: San Juan desveló muchos de sus parajes y mostró que no tiene nada que envidiar a su gran vecina.

Datos útiles

Cómo llegar
Pasajes a San Juan desde Buenos Aires: según la temporada, los aéreos oscilan entre $ 2100 y $ 4400 ida y vuelta. El alquiler de un auto chico para tres días cuesta $ 3.750 desde el aeropuerto de San Juan, con devolución en el mismo lugar. El recorrido total de esta nota es de casi 1200 kilómetros, lo que representa un presupuesto de $ 1200 de nafta para devolver el auto con tanque lleno. Hay surtidores en los principales pueblos (San Agustín, Jáchal, Rodeo, Barreal), pero se recomienda cargar para tener siempre más de medio tanque, ya que hay largos tramos desérticos.

Desde Buenos Aires hay vuelos a San Juan desde $2124 pesos argentinos ida y vuelta.

Qué hacer
Casa Museo de Sarmiento: $ 20 por persona. Abre a partir de las 9 de la mañana. www.casanatalsarmiento.cultura.gob.ar

Parque Provincial Ischigualasto: $ 250 por persona. De 8 a 18. Hay Wi-Fi libre en el predio de la entrada y el museo de sitio. www.ischigualasto.gob.ar

Santuarios de la Difunta Correa en Vallecito: no se paga entrada. Se pueden visitar libremente todo el año.

Casleo: en el Parque Nacional El Leoncito, $ 50 por persona. Se visita de 10 a 12 y de 14.30 a 17 en verano. Se organizan visitas nocturnas, previa reserva, con pernoctes ciertas noches de cada mes. www.casleo.gov.ar.

Carrovelismo: el bautismo dura varios minutos y hace un par de vueltas al Barreal blanco. Cuesta $ 200 por persona. Don Toro, www.facebook.com/carrovelismo.dontoro.

Dónde dormir
En San Juan hay hostales desde $ 184 pesos argentinos por noche. Clic aquí.

Escrito por Pierre Dumas.

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