Playas de Tailandia: Entre monjes y corales

Los ahorros de un año y las ventajas de un peso sobrevaluado nos permitían ir al lugar del mundo que quisiéramos. Europa siempre resulta tentador, Estados Unidos es una cita obligada y Cuba despertaba nuestra curiosidad, pero elegimos el sudeste asiático. Nada de comodidades, una comida que hace que Mc Donald´s parezca una parrilla y un idioma incomprensible, es cierto, pero Asia es tan apasionadamente distinto a la vida que conocemos que nos atraía como un imán. “Están locos”, nos decían. Cuando volvimos, nuestras anécdotas transformaron al continente más lejano en el sueño de todos los que nos escucharon.
Tailandia

EL PARAÍSO EXISTE, PERO HAY QUE RESERVAR HABITACIÓN

¿Una playa alucinante, deportes para entretener al más inquieto, cavernas adornadas por estalactitas y estalagmitas, fiestas sobre la arena y jóvenes de todo el planeta? Eso es Hat Rai Lay, una de las mejores playas de Tailandia, y del mundo. Ubicada a 45 minutos en bote de Krabi y a 800 kilómetros de Bangkok, la península alberga tres playas: Rai Lay Este, la más barata y de arena barrosa, Rai Lay Oeste, escenario de las fiestas nocturnas y de los atardeceres más hermosos, y Phra Nang, una maravilla de mar turquesa y arena suave, la más impactante y la más aislada de las tres.

Pero, igual que para Adán y Eva, para nosotros el paraíso tuvo su precio. A pesar de que Hat Rai Lay es casi un secreto, opacada por la más comercial y cercana Ko Phi Phi, el 23 de diciembre la capacidad hotelera de la zona estaba agotada. Después de tres días de viaje por aire, tierra y mar, con nuestra Buenos Aires más lejana que nunca y sin posibilidad de volver a Krabi, pasamos nuestra primera noche en la península durmiendo sobre cartones, en un viejo salón de baile en desuso y con un sudafricano poco amigable de nombre Christian roncando a pocos metros. Sólo el cansancio hizo que se nos pasara la bronca por nuestra poca previsión. A la mañana siguiente, Rai Lay nos demostró que todos los sacrificios habían valido la pena.

Cuando el sol del 24 nos dejó ver el paisaje, descubrimos por qué los chicos que nos acompañaban en el bote el día anterior traían sogas atadas a sus mochilas: la península es el paraíso de los escaladores. Las paredes de roca, de hasta 100 metros, albergan profesionales e iniciados de todo el mundo, y las manchitas de colores sobre los peñascos ya son parte de la escenografía. Nosotros, en busca de una experiencia igualmente osada pero menos cansadora, tuvimos nuestra aventura sobre el lomo de los elefantes que los pobladores utilizan para moverse de un lado a otro.

Como suele pasar, lo mejor de todo es lo más clásico: la playa. Cuando la conocimos, Phra Nang nos hizo perder el aliento. Como si un mar transparente y tranquilo, un paisaje lleno de verdes y azules y unos pintorescos barquitos que venden fruta y completan el cuadro perfecto no fueran suficientes, la costa impresiona por su silencio. Los europeos prefieren Rai Lay Oeste, el sector “fashion”, y la playa más linda espera, vacía y tentadora, a los que se animan a atravesar un pasadizo entre las rocas, adornado por estalactitas y estalagmitas de forma fálica que para los locales representan la fertilidad.

No todo era silencio en Phra Nang. Dos chicos tostados, con sendas máquinas de fotos al cuello, y una morocha de pelo por la cintura nos pasaron cerca hablando de aperturas y obturaciones en ese idioma que sólo los fotógrafos entienden. A mí, ignorante en cuestiones de iluminación, me alcanzó para entender que, del otro lado del mundo, habíamos encontrado argentinos.

NOCHEBUENA DE FUEGO

Aunque en Tailandia predomina la religión budista, en todos los restaurantes de Rai Lay se festejó la Nochebuena. En los más caros, las familias, especialmente de suecos y alemanes, tuvieron sobre la mesa comida internacional y champagne. En el más gasolero, los cinco argentinos y el único colombiano de la península comimos arroz picante, cantamos junto a un par de tailandeses pasados de brindis y terminamos hablando de las Topper y el dulce de leche que, en ese momento, parecían de otra vida. En esa otra vida, nunca habíamos visto un show como el de esa noche. Sedientos de bahts y con una habilidad para rebuscárselas que nos recordó a nuestro país, los mismos habitantes de Hat Rai Lay que cuidan los elefantes, atienden los bares, manejan los barquitos y alquilan equipos de snorkel prepararon para los turistas un peligroso espectáculo. Con cañas de puntas encendidas con fuego y cadenas ardientes, los lugareños iluminaron la noche y se ganaron un par de quemaduras y una buena propina. En la costa este, vimos el amanecer, escuchamos el extraño crujido del coral cuando la marea baja y terminamos la mejor Nochebuena de nuestros 23 años.

CUANDO EL MUNDO CABE EN UNA ISLA

Ko Samui es otra historia. La tercera isla más grande de Tailandia, de 25 kilómetros de ancho, es atravesada por cerros cubiertos de palmeras y posee, también, preciosas playas. En Chaweng y Lamai, las más lindas y populares, incluso pueden disfrutarse unos amaneceres increíbles. Pero Samui es una ciudad y, como tal, tiene una gran variedad de hoteles, pubs y boliches, y también muchísima gente. Aunque casi no haya población indígena, la isla ofrece una mezcla de curiosidades que, ni aún rodeados de turistas, nos permitió olvidarnos de que estábamos en Oriente.

¿O acaso una granja donde se crían serpientes que los lugareños aprenden a manipular desde que son chicos es cosa de todos los días? La Snake Farm, en el sudoeste de la isla, no es apta para gente impresionable. Llegamos a ver el show dispuestos a descubrir los trucos: víboras sedadas, cobras sin veneno y alguna lagartija indefensa. Pero lo que vimos fue impresionante: escorpiones caminando por la cara de una chica de ojos más rasgados que lo habitual y metiéndose en su boca sin lastimarla, un domador de cobras que fue mordido 357 veces y tuvo que cortarse dos dedos para evitar que el veneno corriera por sus venas y boas que se enrollan en los cuellos de los viajeros osados (entre ellos nosotros, que olvidamos por un rato nuestro miedo para tener “esa” foto aventurera) y que no los ahorcan solamente porque responden a las órdenes de un encantador.

COMO EL OBELISCO, PERO NATURAL

Lo que más se conoce de Samui, sin embargo, son sus monumentos. Uno natural, y otro hecho por el hombre. Las Piedras del Abuelo y la Abuela, Hin Ta y Hin Yaai, ubicadas en Lamai, son dos formaciones rocosas separadas por 30 metros, que representan a los órganos genitales femenino y masculino. Dice la leyenda que se formaron cuando una pareja de viejitos naufragó en el mar y, aunque a los occidentales nos causa una mezcla de risa y vergüenza, los habitantes de Samui están orgullosos de esos enormes genitales que se ven desde la playa.

El otro monumento es menos curioso, pero más imponente. Se trata del Gran Buda, una estatua dorada de 15 metros de alto rodeada de varias construcciones religiosas y ubicada en un montículo que permite verla desde varios kilómetros de distancia. Por supuesto, para subir los más de treinta escalones hay que sacarse los zapatos, porque es un templo, y desde la base del Buda puede verse gran parte del paisaje montañoso de la isla.

CORAZÓN FERVIENTE, PIES DESCALZOS Y PIEL NARANJA

Recorrer los 50 kilómetros que mide la ruta que da la vuelta a Samui no fue problema: lo más común es alquilar una moto, y prepararse para circular por la mano izquierda. En el negocio de alquiler había una Harley Davidson disponible por 25 dólares al día pero, después de ver manejar a los tailandeses, nos sentíamos más seguros andando a 40 kilómetros por hora sobre un ciclomotor. La motito nos permitió alejarnos del circuito turístico y conocer los pequeños y desconocidos templos de Ko Samui, con imágenes de Buda de varias formas y tamaños, estatuas de monjes que hicieron historia y retratos del rey. Los templos son los núcleos de la sociedad, donde la gente se reúne para orar o para elegir a las autoridades de la ciudad y donde los monjes budistas viven y estudian.

Genera cierta timidez, especialmente a una mujer, acercarse a esos hombres descalzos vestidos con túnicas naranjas, porque su condición les impide tener contacto físico con nosotras o acercarse a distancias “impropias”. Pero la posibilidad de hablar de la religión a la que le dedican su vida hace que pierdan su incomodidad.

Naturaleza y yerba mate Aunque en Samui haya tantas cosas para hacer, la naturaleza tiene un lugar preponderante. Un parque construido al lado de la playa con una red que cubre casi una hectárea de árboles y plantas, permite ver varias especies de mariposas, grandes y pequeñas, de todos los colores que existen, y observar una colmena que las abejas armaron detrás de un vidrio, a la vista de los curiosos.

La vida en la isla puede ser más tranquila todavía: cansados de tanto ajetreo, pasamos la última mañana con nuestros amigos argentinos Alan, Brian y Julieta, tomando mate debajo de una palmera, sobre la playa, recordando la semana que habíamos pasado juntos y planificando el resto del viaje. Los pequeños placeres también tienen lugar en Ko Samui.

OCHENTA DÓLARES Y EL MAR ES TUYO

Todavía nos faltaba un sueño por cumplir: descubrir lo que Tailandia tiene para ofrecer debajo de ese mar cristalino que embellece todos los paisajes. Para bucear, nada mejor que Ko Tao (la Isla de las Tortugas). La más pequeña de las tres islas hermanas situadas en el Golfo de Tailandia, ubicada a 45 kilómetros al noroeste de Ko Samui, supo ser una colonia penal para prisioneros políticos en la década del ´40. Hoy, es la más deshabitada de la zona y alberga solamente a 500 pobladores. Aquí no hay aeropuertos, ni hoteles de lujo, ni muchas calles pavimentadas y la electricidad se obtiene a través de generadores. No es difícil entender por qué su flora y fauna subacuáticas todavía se mantienen casi intactas.

Ko Tao ofrece más de 20 sitios para sumergirse. En algunos, especialmente en el norte de la isla, pueden verse pequeños tiburones leopardo, tiburones ballena y barracudas. Hacia el sur, las aguas de poca corriente y temperatura elevada permiten observar bancos de peces tropicales de colores y formaciones de coral de las más variadas tonalidades.

Nuestro dive master, el líder del grupo, un alemán de 35 años y cuerpo de película yanqui, vio mi cara de espanto cuando sugirió, como al pasar, que nos quedáramos quietos en caso de ver un tiburón. Entonces me aseguró que era difícil que viéramos animales peligrosos y, como llegar hasta ahí nos había costado un madrugón, dos horas de lancha y 80 dólares (lo más caro del viaje), no me quedó otra que creerle. Pero, entonces, ¿para qué era esa cuchilla de 20 centímetros que se ató al tobillo antes de sumergirse? Gracias a Dios, nunca lo averiguamos y, aunque los peces que pululan por las costas de Ko Tao son enormes, no nos cruzamos con ninguno que fuera carnívoro.

Así, empapados, sonrientes y exhaustos, terminamos nuestra recorrida por las costas de Tailandia. Sobrevivimos a las víboras, a los tiburones que nunca aparecieron y a la malaria y la fiebre amarilla (gracias a cinco vacunas y una pastilla por semana). Aprovechamos los efectos de la crisis asiática para gastar dos mangos. Hicimos amigos de todas las latitudes, descubrimos una religión y una cultura completamente distintas a las que conocíamos, festejamos la Nochebuena con una mezcla entre lo familiar y lo exótico y disfrutamos de una playa alucinante.

Y lo más importante: Tailandia nos enseñó a apreciar, valorar y respetar lo diferente.

“FUERZA DE LA TIERRA, PODER INCOMPARABLE”

Ese es el significado de Bhumibol Adulyadeh, el nombre del rey de Tailandia. Es el monarca de reinado más largo del mundo (desde 1946) y fue quien compuso el himno real. Además, es un amante de la fotografía: sus retratos, que adornan varias esquinas en las ciudades más importantes, lo muestran con una cámara de fotos colgando del cuello.

El sistema de gobierno es una monarquía constitucional desde 1932, cuando el rey Rama III aceptó abolir la monarquía absoluta y transferir poder al sistema basado en una Constitución.

La actual Constitución, promulgada en 1978, reconoce al rey como jefe de estado, comandante de las Fuerzas Armadas y defensor de la fe budista. El poder del monarca emana del pueblo y lo ejerce de tres maneras: a través de la Asamblea Nacional (el congreso), del gabinete y de las Cortes de Justicia.

EL BUDISMO

El budismo theravada es la religión del Estado y del 90% de la población de Tailandia. Introducida durante el período Dvaranti (cuando se produjo una fluida inmigración desde China), entre el siglo VI y el XIII, la religión predica tolerancia y bondad hacia los otros, sin importar su raza, credo o nacionalidad.

La base del budismo son tres conceptos: dharma (acciones correctas y creencias), karma (el resultado de nuestras acciones en nuestras vidas pasadas, presentes y futuras) y sangha (la forma de vida que puede mejorar el karma).

Un ejemplo claro de la filosofía de vida de los budistas es la frase “mai pen rai”, utilizada cuando les pasa algo malo. Su significado es “no tiene importancia”, y alienta a someterse a las fuerzas eternas que están fuera del control del hombre.

PROHIBIDO OFENDER

El tailandés es un pueblo muy respetuoso de sus costumbres y tradiciones. Por eso, si pensás conocer la “tierra de las sonrisas”, y especialmente los lugares menos turísticos, tené en cuenta las siguientes normas:
– Respetá las imágenes de Buda porque son sagradas. No podés treparte, ni romper, ni sacar del país una estatua que lo represente.
– Los monjes budistas son las personas más importantes de la sociedad. Una mujer no puede tocarlos, ni pararse muy cerca, ni sentarse al lado.
– Nunca entres a un templo en shorts, musculosa o sin remera. Y siempre sacate los zapatos.
– Jamás toques la cabeza o el pelo de un tailandés: es la parte del cuerpo más elevada, y merece respeto.
– Un hombre y una mujer no pueden demostrarse afecto en público. Darse la mano es lo máximo que se puede hacer sin ofender.
– Conservá el respeto hacia el rey Bhumibol Adulyadej. Nunca insultes a la Familia Real ni maltrates los billetes de bahts, porque tienen la imagen del rey. Si vas al cine, se entona el himno nacional y tenés que pararte.

Escrito por Angela Lerena (para la revista Marcopolo, 1999).

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