Nueva York, la ciudad prometida

“… este, El Dorado moderno, donde, según se les enseñaba a los pequeños niños europeos, las calles estaban pavimentadas de oro, y la tierra era tan vasta y abundante que todos podrían encontrar un lugar…” Franz Kafka, América.

Llegar al alba significa descubrir los primeros movimientos; el silencio de la calle sólo interrumpido por los repartidores de diarios y los camiones descargando su mercancía. La temprana luz amarilla que se cuela entre los rascacielos contrasta con breves volutas de vapor que aparecen aquí y allá y con los intermitentes “DONT WALK” que evocan imágenes olvidadas. El gris cobalto del asfalto brilla y se une a esa sinfonía que está a punto de comenzar.

Caras apuradas y de ceños fruncidos, taxistas tratando de aprovechar la hora pico, obreros de casco naranja arreglando la vereda, estudiantes mal desayunados y mal dormidos engrosando filas en una carrera contra el tiempo. Ojos seguros, ojos sorprendidos, ojos necesitados, ojos oscuros, ojos rasgados, ojos atentos, ojos perdidos. Las bocas del subway vomitan un hormiguero de caracteres citadinos que se pierden entre calles, avenidas y ascensores.

La ciudad está signada por la necesidad. Todo tiene un precio. Desde el vicio hasta la virtud. De los escaparates a los consumidores. Y esa actividad febril se multiplica y expande, llegando a todos los rincones del planeta.

Nueva York no es asiento de ningún gobierno, ni es un sitio histórico importante de los Estados Unidos… Es una representación a escala del planeta… y muchos coronaron ya a esta isla comprada alguna vez a los indios algonquin como la capital del mundo.

Siendo la puerta de entrada a la tierra prometida, la ciudad ha visto pasar por sus muelles millones de almas de distintas nacionalidades y lenguas, creando un cóctel multiétnico que nutre la vida de esta Babel.

Este movimiento frenético genera espacios y prohibiciones, claros y oscuros, belleza y dolor, riqueza e indigencia. Contrastes que reflejan los pliegues de todas esas personalidades. Y este panorama es terreno fértil para que artistas y advenedizos salgan a explorar sus dominios. A veces para descubrir sensaciones, a veces para descubrir imágenes, otras para descubrir notas y sonidos.

LOS PRIMEROS PASOS EN LA GRAN CIUDAD

Una visita por Nueva York no tiene un tiempo determinado de esta- día. Quien está sólo unos días, si se enamora, va a volver de alguna u otra manera. Y cualquier rincón es apto para comenzar a explorar. Por ejemplo, el West Side, entre el Lincoln Center y la calle 90 W, es un barrio tranquilo y familiar, y un lugar ideal para encontrar otro aspecto de New York. Edificios de ladrillos amarillentos y desteñidos de varios pisos, autos, taxis y camiones intentando estacionar sin mayor éxito, algún policía de tránsito marcando multas en su libreta, camioncitos de FedEx dando vueltas. Entre sus personajes: homeless pidiendo “change, man!”; Doñas Rosa de varios tonos de piel luchando por ahorrar un centavo y por alimentar a sus críos; los eternos obreros de calles y veredas; artistas callejeros haciendo más que un pequeño botín, judíos ortodoxos con su sombrero negro y esas largas patillas-mechas tradicionales; niños jugando al basquet en un recreo del colegio…

Y para moverse hacia algún lugar alejado… el subway. Un microcosmos en sí mismo. Miles de kilómetros en túneles y miles de estaciones donde miles de cospeles dejan entrar a la marea humana. Si bien en la hora pico viajar puede ser un poco apretado, esta ciudad bajo tierra puede deparar más de una sorpresa. Sin contar las diferentes expresiones en las caras de los viajeros, alguna estación puede amenizar a la audiencia con Las Cuatro Estaciones ejecutada por un grupo de estudiantes o con un Carnavalito tocado por un trío del Altiplano.

EL VIEJO SUEÑO DE ALCANZAR EL CIELO

En el Midtown, los edificios ya no son esas modestas construcciones de fin de siglo. Una mirada al cielorraso de la ciudad te quita el aliento. Ventanas, ventanas y ventanas escalando hasta escapar de la vista. ¿Qué habrán querido alcanzar los arquitectos de los ’20 y ’30 cuando se embarcaron en la odisea de expandir la ciudad en una nueva dimensión? ¿Cómo será trabajar en una ciudad sobre las nubes como el Empire State o en alguna de las Twin Towers?

Más allá de las históricas controversias, esos arquitectos visionarios le dieron a su ciudad el skyline que la caracteriza. ¡Qué impresionante ciudad vista desde el río Hudson! Esa es la bienvenida que tantos inmigrantes soñaron alguna vez y soñarán siempre.

El Midtown tiene su reina y su princesa, la Quinta Avenida y la Avenida de las Américas. ¿Cómo describir la sensación que causan esos hoteles de dos mil habitaciones, esos complejos como el Rockefeller Center, esa serie interminable de negocios de primera categoría, y esos audaces intentos por revolucionar la arquitectura? Para absorber toda esa magnitud vale la pena, después de caminarlas de norte a sur y de sur a norte, sentarse a tomar un café en alguna esquina y tan sólo mirar por la ventana la elegancia de cada rincón. Dejarse llevar por el brillo y la música de cuerdas… y soñar un rato.

LA FUERZA Y LA REBELDÍA DE UNA GENERACIÓN

Los tres barrios jóvenes del sur de Manhattan laten con un ritmo distinto… El color y la personalidad que estos vecindarios fueron ganando se los deben a los artistas, bohemios, estudiantes, punks, hippies (quedan pocos), gays, lesbianas, amantes de la moda y de la cultura pop y todos aquellos personajes que de alguna manera u otra desafían las tendencias habituales.

En el SoHo, los nuevos vecinos que se iban agrupando remodelaron las antiguas fábricas para transformarlas en lofts. Hoy se suceden pequeñas galerías de arte, teatros experimentales, casas de moda, restaurantes y cafés que le dan un toque distintivo y que atrapan a más de uno. Para un amante del arte, caminar por Spring, Broome, Broadway o Church puede transformarse en un festín para los sentidos.

El Village se divide en dos, dándole vida a una nueva zona, el East Village. Washington Square es definitiva-mente el epicentro de toda esta movida. Nadie puede evitar pasarse unas horas de un día primaveral deleitándose con los artistas callejeros: mimos, músicos, acróbatas, actores, comediantes, cantantes. Los jóvenes que van de paso a la Universidad de New York, y la gente que viene a visitar Manhattan desde más lejos, suelen armar verdaderas muchedumbres alrededor de estos bohemios que alguna vez soñaron con ser famosos, y que actualmente tratan de mantener vivo el sueño mediante la ayuda del público. Y nadie tira un dólar por compasión. Esta suerte de juglares del siglo veinte son unos profesionales, y trabajan duro para arrancar suspiros, lágrimas o risas del auditorio.

Pero el espectáculo no acaba con el actor principal. Por alguna extraña ley física que nadie puede explicar, tanto Washington Square como Marks Place, o Calle 8, reúnen a la mayor variedad de personajes de la isla. Parejas hétero y homosexuales de todos los colores paseando de la mano, skaters tratando siempre de mejorar sus saltos, jóvenes de anteojos y libros bajo el brazo, turistas con cara de asombrados, homeless jugando al ajedrez, más y más artistas esperado su turno… Y así la lista sigue, y sigue, y no se acaba… Christopher, Bleeker, Broadway, Houston, Marks Place… son algunas de las calles que bombean toda esa energía de la disconformidad y de la búsqueda de un “algo”.

Marks Place se destaca del resto tal vez por ser más radical. En ella se juntan los neo punks, para hacerse algún que otro “piercing”, para dibujarse un nuevo tattoo, y lucirlos paseando a sus perros. Otra vez, pequeños restaurantes y cafés, casas de CDs, de cómics, pero con las paredes pintadas de varios colores, con afiches haciendo propaganda de grupos de rock y con graffitis garabateados. Es interesante sentarse a comer en algún restaurante y observar el comportamiento de los mozos. La gran mayoría son estudiantes de artes dramáticas, canto, danza, que están esperando “su” oportunidad de oro. Mientras practican con los clientes haciendo el papel de mozo perfecto, logran prolongar su tiempo en la gran cuidad.

Ni el Village ni el SoHo guardan secretos. Su gente está en la calle, las pinturas colgadas en las vidrieras de las galerías de arte. No hace falta mucho trabajo para sentir otra cara de esta urbe polifacética. Para explorarla a la luz del sol o a la luz de los carteles de neón, cuando los cafés realmente trabajan, cuando las bandas afinan sus instrumentos y un espectáculo no apto para prejuiciosos se instala en todas las veredas.

UN DESCANSO PARA LOS SENTIDOS

Tras el SoHo, el Village y las enceguecedoras luces de Broadway, otra forma de ver que esta ciudad está al servicio del arte es yendo una mañana al enorme y laberíntico Central Park. Entre senderos boscosos y lagunas habitadas por patos, es común encontrarse con clases enteras de estudiantes de artes plásticas, intentando plasmar instantes con acuarelas u óleos. Sus modelos son muy variados: madres paseando a sus bebés, una familia de palmípedos, ancianos caminando al sol, algún grupo de raperos practicando para algún show, un sauce extendiendo sus ramas hasta alcanzar el agua tranquila…

Gracias a la visión de un grande, Manhattan tiene su pulmón. Un espacio para tomar sol, pasear, correr, patinar en invierno, y estar un poco en contacto con el verde que normalmente se sacrifica al vivir en una mega ciudad.

LA CIUDAD INFINITA

Nueva York es todo esto y mucho más. Es ir a la busca de graffitis por el Harlem, ir a ver un partido de baseball de los Mets o los Yankies, darse un paseo por el Barrio Chino, conocer Battery Park, meterse en los teatros off-Broadway para ver espectáculos como Stomp o De La Guarda, escuchar una banda de blues en Bleeker Street, jugar a ser chicos en una juguetería como FAO Schwartz en la Quinta Avenida o The Enchanted Forest en el SoHo, escuchar los distintos idiomas y dialectos en algún tren subterráneo y no parar…

La simple mención de su nombre me acelera el corazón, y miles de imágenes y sensaciones se despiertan en mi memoria. Recuerdo la primera vez que la vi… cuando empecé a conocerla un poco más… y la despedida un día triste de lluvia.

Pero no importa el adiós. Nueva York ya forma parte de mi vida como de la de muchos otros. Todos sabemos que la locura, el brillo, la pobreza, la grandeza, la calidez y el frío van a seguir esperándonos hasta la próxima vez que pisemos esa mole de cemento.

UNA CIUDAD POLÍGLOTA

Más de ochenta idiomas conviven en la actualidad en la ciudad de Nueva York. El español es el segundo idioma más hablado después del inglés, reflejando el enorme número de residentes de Puerto Rico, el Caribe, Centro y Sudamérica. Todos los días se pueden escuchar distintos idiomas en varios negocios de la ciudad: yiddish en el Diamond Mercant’s Quarter, marroquí, árabe, farsi y bengalí entre los vendedores de diarios, coreano en las fruterías y verdulerías, senegalés entre los vendedores ambulantes, hindú entre los taxistas. Esto sin contar las lenguas que se escuchan en los distintos enclaves étnicos desperdigados por la ciudad: cantonés en Chinatown, creole haitiano en el Upper West Side, ucraniano y polaco en el East Village, húngaro en Yorkville, armenio en Murray Hill y español en East Harlem. Los niños que crecen en estas comunidades utilizan el inglés para el colegio y, años después, para su vida profesional, pero continúan hablando el idioma materno en sus hogares.

¿POR QUÉ “THE BIG APPLE”?

Comúnmente, a Nueva York se le dice cariñosamente The Big Apple. En los años treinta, los músicos amantes del jazz tomaron el nombre de un night-club muy famoso, y lo extendieron al barrio en el que estaba: el Harlem. Con el tiempo, el submundo de los músicos comenzó a referirse así a la ciudad entera.

A mediados de los setenta, el New York Convention and Visitors Bureau usó la frase en una campaña para incentivar al turismo y desde entonces el alias alcanzó dimensiones mundiales.

Escrito por Cristian Calomarde (para la revista Marcopolo, 1999) / Fotos: Fernando Marticorena.

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