El Chaltén: Viaje a la capital del trekking

La ventanilla del micro enmarca fugaz casi el mismo ángulo de la montaña, abajo una nota reza: “En caso de emergencia rompa el vidrio”. Yo llevo en la mochila una vieja lámina didáctica. Para corroborar que no estoy soñando, miro mi nuevo mapa donde todo está más claro. Recorro con el dedo la Cordillera de los Andes, me detengo muy al sur sobre un triangulito que dice: “Monte Fitz Roy 3454m”, al lado de una mancha celeste que marca el Lago Viedma y una línea punteada que encierra el Parque Nacional Los Glaciares. Incluso entre la cordillera y el lago ahora hay un pueblo.

Se llama El Chaltén, que significa montaña que humea o monte del humo, y está ubicado justo en el lugar al que yo viajaba en sueños. Imponentes montañas cubren todo el parabrisas. “¿Alguna vez te cansás de ver esto?” -le pregunto a Javier, el chofer del bus, que un verano vino de vacaciones al Chaltén, se quedó y consiguió este trabajo sólo para poder tener todos los días la sublime visión de la Cordillera. “Más bien me canso de no verlo, casi siempre está todo tapado por las nubes; pero por días como hoy, toda espera vale la pena”. Para festejar tan buena suerte paramos y bajo para hacer fotos.

El ChalténEl resto de mis compañeros de viaje, todos extranjeros, aprovechan también la oportunidad y se le animan al endemoniado viento patagón para gatillar sus cámaras. En la seccional de Parques recibimos una charla sobre eco-responsabilidad, durante la cual no puedo despegar la vista de las montañas. Allí tengo oportunidad de informarme sobre los itinerarios de trekking gracias a Susana, la Guardaparque. Estoy rodeado de mis compañeros de viaje, que charlan animadamente en inglés mientras bajamos las mochilas del micro. Me siento un poco forastero en mi país: casi el 70% de los visitantes que llegan a este lugar son extranjeros. En un instante el sol renuncia a su reinado, un telón de oscuras nubes baja sobre la cordillera y comienza a llover. Al diablo con mi plan de subir hoy. En el Albergue Patagonia, Ricardo despliega un mapa de los circuitos de trekking hacia el Torre y hacia el Fitz, y va marcando las mejores locaciones para fotos. Ex alumno de cine y pionero de El Chaltén, realmente sabe de lo que habla. Es tarde pero me cuesta dormir. Un viento furioso compone e interpreta irracionales melodías usando las chapas del techo del hostel como instrumento. Cuando el sol me despierta, aun continúa la sonata. Una ráfaga que golpea los cristales nos regresa a la tierra, se me escapa una pregunta: “¡¿Siempre sopla así?!”. “No, a veces mucho peor. Una semana antes de que vos llegaras, una tormenta de viento empezó a volar chapas de los techos, tumbó dos casillas rodantes y tuvimos que salir todos con martillos, clavos, escaleras y madera a reclavar techos y tapiar ventanas”, me cuenta Ricardo y luego explica, “Estamos justo en el medio de un valle angosto que encausa una corriente de viento muy potente”. Pero nadie piensa en correr ni un metro la ubicación del pueblo, sobre el regazo de la cordillera, a un lugar más reparado. Nadie quiere perder ni por un instante la vista de los gigantes de hielo y piedra, aunque eso les cueste plantarle cara al viento. El viento que en este valle del Río de las Vueltas barre con todo, como si fuera la escoba de Dios. En 1985, casi un siglo después de que el dinamarqués Andreas Madsen fundara aquí su estancia Fitz Roy, al otro lado del río Las Vueltas y al final de un camino de ripio, una tijera rasgó la cinta celeste y blanca. El Gobierno Nacional, preocupado por la hasta entonces candente cuestión de límites con Chile, creó el pequeño pueblo de El Chaltén, y bautizaba así, con nombre de montaña, al pequeño caserío plantado al pie del cerro que recordaba el nombre de un marino. Unas pocas casas prefabricadas y vacías, la bandera en el mástil y taciturnos gendarmes oponían resistencia al viento. La audacia de soportar un clima inhóspito sólo por el placer de vivir contemplando las cimas más bellas de los Andes es el encantamiento que cae sobre mí al llegar a El Chaltén. Muchos, como Ricardo, vinieron persiguiendo un sueño y echaron raíces forjando juntos la reciente, pero firme, tradición aventurera del pueblo que hoy es capital nacional del trekking. Incluso los nómades guardaparques se establecieron levantando paredes y sembrando familia. La mañana esta despejada, partimos con un californiano llamado Edward hacia el campo base del Glaciar y el Cerro Torre. Mientras nos vamos internando en el alucinante bosque austral, mentalmente cotejo con la realidad de mis piernas cansadas los consejos de Ricardo. “Calculá que desde el pueblo a la Laguna Torre, en cuyas aguas el glaciar Torre vierte sus hielos, hay unas dos horas y media de marcha tranquila”.

El detalle es que Ed va rapidísimo. “Vas a encontrar dos o tres trepadas exigidas al comenzar…” donde ya el arnés de mi mochila me tortura los hombros. “Y un moderado y paulatino desnivel hasta llegar al campo base Jim Bridwell…” que me deja agitado y pensando en la estoica filosofía trekker. ¿Cómo disfrutar de todo lo que uno ve a su paso con lo que cuesta llevar la casa en la espalda?. Bajo un dócil bosque de lengas, las hermosas hayas australes, plantamos las carpas. Descansamos un poco y vamos a echarle un vistazo a la “tirolesa” (cuerda tensada sobre las aguas a modo de puente) que cruza el torrentoso río Fitz Roy, permitiéndonos acceder al glaciar por un tortuoso sendero que zigzaguea sobre el faldeo del cerro Solo y de ahí… “¡Woww!” “¡Uauu!” La euforia boquiabierta, en inglés y en español, de ver el Torre despejado provoca nuevas expresiones de asombro. “¡Alucinante!. ¡Mirá qué cielo impresionante, Ed!”. Nubes rosadas se reflejan en las aguas de la laguna cubierta de grandes y pequeños iceberg, que tintinean como cristal en el oleaje manso de un rarísimo atardecer sin viento, digno espejo para una montaña tan altiva. No logro aplacar dentro de mí la ansiedad que provoca montar trípodes y cámaras en momentos tan alucinantes y fugaces, donde lo único que quiero es no hacer nada en absoluto y fijar en la retina esa visión mágica. Siempre siento que fotografiarla es perderla un poco. Mucho más pragmático, Edward devora película, sus continuos ¡clicks! me devuelven a la realidad. “¡Lucciano, it´s incredible; really, really incredible!” –vocifera. Acostado de espaldas sobre las piedras cerca del agua, escucho el rumor del hielo a la deriva, miro el cielo, una lluvia de estrellas da comienzo al frío anochecer austral. Metidos dentro de las bolsas decidimos vivaquear en la orilla para poder fotografiar las montañas de noche. En medio de azules sueños que fluyen, me despierta la luz de una tímida luna. Zamarreo a Ed y como chicos en carrera de embolsados nos acomodamos junto a los trípodes. Después de varios minutos haciendo fotos con mucho tiempo de exposición, me duermo de nuevo, sueño con estrellas bajo el agua. “¡Wake up! ¡Lucciano, wake up!” Amanece, abro los ojos justo para ver el reflejo naranja del sol incendiar el insolente bonete de hielo en la cima del Cerro Torre. En cámara lenta, los dedos entumecidos de frío tantean los disparadores.

Toda la montaña se enciende rojo naranja. El viento despierta también, furioso y helado arremolina nubes sobre los picos. Ruge. Río, con una risa incontenible de pura alegría, y siento que todos los pasos dados y todas las fotos hechas en todas las montañas, desde chico, estaban destinados a traerme hasta aquí.

Escrito por: Luciano Bacchi (para revista Marcopolo)

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