Barcelona, la ciudad de Europa preferida por los argentinos

Las low cost que están desembarcando en Argentina tienen a Barcelona entre sus prioridades. Saben que es una puerta de ingreso natural al Viejo Continente, y llegan de a millones, atraídos por esa combinación de arquitectura modernista, mar y playa, cultura y, por qué no, algo de compras.

La Boquería. Los que pasan y miran

Visitar un mercado siempre es un buen plan. En el laberinto de este mercado del siglo XIX, que en rigor se llama San Josep, no hay un centímetro cuadrado libre. Y tiene su razón de ser. La Boquería es, por lejos, el mercado más espectacular de España. La procesión de visitantes se desplaza entre montañas de mercancías de todos los colores expuestas con garbo casi excesivo. Y sus responsables, en el afán de atraer, provocaron que esta oferta extraordinaria se esté quedando casi sin público que compre; el barrio, sin ir más lejos, optó por dejar de ir. No hay manera en medio de la correntada. A los que mejor les va es a las paradas del tentempié y el escabio.

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Diferentes versiones del fuet (chacinado absolutamente catalán) cuelgan en un puesto de La Boquería Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan

La Boquería nació a cielo abierto en los dominios del convento de los carmelitas descalzos, hasta que un incendio provocado por unos de los varios motines anticlericales de 1835 lo destruyó. Cinco años después, nacía sobre sus cenizas el actual mercado al que se accedía por una de las cinco puertas (de la que toma el nombre) que tenía la Barcelona amurallada. En una superficie de 2.583 m2 se reparten el espacio más de 300 puestos; su cubierta metálica, con el emblema de su fachada, es de 1914.

Ramblas, en plural

La Rambla de Catalunya va de la plaza homónima a la avenida Diagonal; en sentido contrario y a partir de la mencionada plaza, se suceden las ramblas de Canaletes, dels Estudis, de les Flors, de los Captuxins, y de Santa Mónica. Es decir que desde la parte alta de la ciudad recorre, en ligera pendiente, un camino que concluye a pasos del mar. Rambla, dice la RAE, es el lecho natural de las aguas pluviales cuando caen copiosamente. De eso se trataban estas rieras: del desagüe de las lluvias que caían en la montaña del Tibidabo. A mediados del siglo XIX toda la parte inferior de la rambla seguía siendo un fangal hediondo; los desechos de todo tipo iban a parar a la riera, que en ese entonces estaba jalonada de conventos y prostíbulos. La otra vida, la buena, transcurría en el paseo del Borne y en la calle Montcada.

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El ex mercado del Borne, hoy centro cultural. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan

El mercado del Borne, abierto en 1876, fue la primera gran estructura arquitectónica en hierro de Barcelona. Durante 95 años mantuvo su función de abastecer la demanda minorista en el barrio de la Ribera y a partir de 1921 pasó a ser el mercado central de la ciudad. Después quedó inactivo e incluso se pensó en derribarlo. Cuando se abordó su recuperación (2002-2013) para albergar el Centro Cultural Borne, los trabajos revelaron la existencia de un yacimiento arqueológico: los restos de unas 50 del casi millar de casas que por orden borbónica habían sido demolidas en la zona norte de la Ribera para iniciar la construcción de la ciudadela.

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Puerto y pasarela que lleva al complejo Maremagnum visto desde el monumento a Colón.

El Raval + Barrio Gótico

El espinazo urbano de Barcelona es la Gran Vía de las Corts Catalans, perfecta línea recta que separa el Ensanche de la parte que la antecede. Es decir, el área urbana donde el eje es La Rambla, el que a lo largo de los siglos vertebra la existencia de sus habitantes. A su vera, los barrios que prohijó. De espaldas a la plaza Catalunya y con la Rambla de Canaletes por delante, basta con tomar una transversal hacia la derecha para derivar en El Raval, por años reducto de malandras y prostitutas, hoy barrio de inmigrantes que intenta reinventarse a partir del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y el vecino Centro de Cultura Contemporánea.

Hay gente por donde se mire y ande. En la avenida del Portal de l’Ángel, la atracción del shopping atiborra todo su ancho con una aglomeración humana impenetrable. Esta arteria, paralela a la Rambla, conduce a los barrios más demandados por los turistas. Desviarse por el carrer (calle) Comtal conduce al Palacio de la Música Catalana, espléndido ejemplo de la arquitectura modernista.

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Una calle del Barrio Gótico de Barcelona. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan

La catedral, a un breve paseo por el dédalo de las calles del barrio gótico, convoca multitudes. Es la catedral basílica de la santa cruz y santa Eulalia, construida sobre la antigua catedral románica (siglos XIII al XV) y ésta sobre una iglesia visigoda, precedida a su vez por una basílica paleocristiana. La historia es así, un hojaldre. Su fachada gótica es del siglo XIX y marca el final de obra del templo que conviene eludir en domingos. Muy cerca, la calle de la Piedad deriva en la vasta plaza seca que ocupan el Palau de la Generalitat -sede del gobierno catalán- y el Ayuntamiento. Desde ahí, en dirección a las ramblas, se hace visible el área espaciosa con palmeras de la muy bella Plaza Real.

Esa familia sagrada

Antoni Gaudí había nacido en la localidad de Reus el 25 de junio de 1852, figura universal de la arquitectura que, en un instante, pasó de éste al otro mundo el 10 de junio de 1926 frente a la Sagrada Familia. Había dado unos pasos hacia atrás, en la calle, para mirar el avance de la obra a la que le se había entregado por entero desde 1914, sin reparar en los tranvías -uno que venía y otro que iba- que tampoco tuvieron tiempo de frenar antes de atropellarlo. A su muerte le siguieron varias etapas de construcción.

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La Sagrada Familia, obra emblemática del modernismo catalán. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan.

En los últimos años los trabajos en la Sagrada Familia se reactivaron febrilmente, obra magna que convoca con un poder arrollador. Menos mal que existe la audioguía para imaginar cierta intimidad con el recinto que de sagrado no le queda más que la forma. Menos mal que hay que mirar casi todo el tiempo hacia lo alto para apreciar las vidrieras superiores del ábside, seguir las líneas de las inmensas columnas, o ser testigo del efecto místico que provocan los últimos rayos del sol al atravesar los vitrales que dan al oeste. Menos mal que alguna vez tuve otra imagen de la Sagrada Familia, cuando era posible subir la estrecha escalera que recorre la torre por dentro. Hoy, sólo por ascensor.

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El recinto modernista Sant Pau, obra del arquitecto Lluís Domènech i Montaner: abrió como hospital en 1916 y dejó de funcionar en 2009. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan.

Un bienvenido contrapunto: el recinto modernista Sant Pau, magnífico complejo arquitectónico que supo ser hospital, obra de Lluís Domènech i Montaner. Hito sin parangón en el itinerario urbano barcelonés, tiene la virtud de ser un relajado paseo estético, todavía escaso de visitantes.

De casas…

Barcelona se reinventa a partir del plan de reforma urbana del ingeniero Ildefonso Cerdá, que pese a la fuerte polémica que suscitó su aprobación desde el gobierno central, es el que hizo posible el Ensanche, L’Eixample en catalán. Pero muchas de las directrices formuladas no se aplicaron, y la especulación inmobiliaria, más la arbitrariedad de los nuevos ricos, transfiguró el proyecto original. Pese a todo, la fisonomía de L’Eixample es la de una ciudad holgada, llena de luz natural y áreas verdes, de edificios sólidos y fachadas para contemplar a cada paso.

La celebración de los juegos olímpicos del 92 puso a Barcelona en la mira del mundo y tan a pecho se tomó el tema que, además de la construcción del Anillo Olímpico se puso en marcha un programa de recuperación de espacios urbanos bajo la consigna de “Barcelona es posa guapa” -Barcelona se pone guapa- que la embelleció de punta a punta. Hasta La Barceloneta fue reivindicada, sus playas saneadas y los sucuchos convertidos en bares y terracitas con onda.

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Casa Milá. De 1910. Más conocida como La Pedrera (pedrera quiere decir “cantera” en catalán). Provenza 261-265, esquina Paseo de Gracia. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan.

Basta recorrer el elegante Passeig de Gràcia desde su encuentro con la Avinguda Diagonal hasta la Plaça Catalunya para entender la diferencia entre una ciudad invisible que encubren el abandono y la cartelería abusiva y una ciudad orgullosa de sus atributos. Hay colas para visitar la casa Milá -conocida como La Pedrera-, que ocupa, soberbia, la esquina del Paseo de Gracia y la calle Provença. Y es lógico que haya colas, porque hasta ayer nomás había que conformarse con mirar desde afuera esta preciada gema modernista de Gaudí. Y por la misma razón hay colas que dan vuelta la esquina en la calle Aragó hasta la puerta de la Casa Battlò, pegada a la Casa Ametller, que no fue proyectada por Gaudí.

La Battlò es la casa de los ossos (huesos) porque sus columnas exteriores recuerdan fémures, sus balcones parecen máscaras del ejército “bueno” de “La guerra de las Galaxias”, y en la terraza, como en la de La Pedrera, el laberinto de chimeneas y respiraderos se ven como seres extraterrestres. Gaudí decía que había que acabar con el estigma de las azoteas, condenadas a servir de depósito de trastos.

…Y dragones

En la parte alta de Barcelona, el Park Güell guarda un patrimonio de creatividad lúdica. Es un terreno escarpado de 17,18 hectáreas que Gaudí hizo forestar, en el que todos los juegos son posibles. El túnel de las lavanderas en forma de parábola hace pensar en una ola de piedra a imagen de las que los intrépidos adoran surfear por dentro; la sala de las mil columnas monumentales incita a jugar a las escondidas; el anfiteatro y su perímetro de bancos ondulantes parecen abrazos de los que nadie quiere liberarse; los pabellones de la entrada son casas de cuento; las escalinatas contienen tres fuentes, y es la tercera la que captura curiosos en masa: el dragón de 2,4 metros de largo, símbolo de los modernistas y animal mítico de la cultura catalana al que un Sant Jordi a caballo lo atraviesa con su lanza.

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Parque Güell. De 1914. Inaugurado en 1916. Ocupa un alto de la ciudad, en la calle Olot 7. Aquí: el pórtico de la lavandera. Gaudí. Fuente: Lugares – Crédito: Cecilia Lutufyan.

Escrito por: Rossana Acquasanta y Cecilia Lutufyan para La Nación.

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