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LONDON (en español Londres) es
la capital de Inglaterra y el Reino Unido. Se encuentra el
sur de la isla de Gran Bretaña, a orillas del río Támesis...
Londres es una ciudad costosa para ir como mochilero, pero
si tienes algún amigo allí que pueda hospedarte sería muy
bueno ya que los hostels están bastante caros. |
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Links
De mochilero en Londres en el verano 2007 www.mochilero.info/mochilero_en_europa_londres.html
Webcams de Londres en vivo www.camvista.com/england/london/bigben.php3 Londres en Wikipedia www.es.wikipedia.org/wiki/Londres Transporte en Londres, mapas www.tfl.gov.uk Requisitos para entrar al Reino Unido (en inglés) www.ind.homeoffice.gov.uk/comingtotheuk
Videos
más videos: http://www.youtube.com/watch?v=Z77V7ZOUyPA
Notas de la revista "Marcopolo"
LONDRES: "Cara y ceca de un escenario que muestra sus contrastes"
Escena 1 Es como si hubieran dicho: "¿Por qué no estropeamos Londres para celebrar el nuevo milenio?" Para festejar la llegada del 2000, a los ingleses se les ocurrió montar una rueda de bicicleta junto al Támesis, rodeada por treinta y dos capsulitas, con inevitable reminiscencia a las de vaselina, que muestran, desde lo alto y en eterno movimiento (tarda media hora en completar la vuelta), lo maravillosa que la cultura británica fue hasta hoy. Anacrónica, kitsch, todo el mundo quiere ver Londres desde donde nunca antes se la vio. Los fines de semana, las colas serpentean por la orilla del río con un orden tan british que contagia. Las lecciones de obediencia que los ingleses impartieron por el mundo fueron bien aprendidas. Y yo no voy a ser menos. Aquí estoy, comiéndome el garrón de cuarenta y tantos minutos, siguiendo a esa sueca que podría estar mejor, encarnación perfecta del deshonor a la fama de diosas que tienen sus compatriotas. Seguiré esas espaldas tan poco prometedoras hasta que me encapsulen y el paisaje me distraiga. Mientras tanto, la tarde se me escapa, justo ahora que hay sol y Londres va tomando un tonito golden. Justo ahora que podría estar caminando por Trafalgar Square, o tirado en el green de Hyde Park, ese espacio verde que antiguamente fue coto de caza real, escenario de duelos, ejecuciones y carreras de caballos y hasta una gigantesca plantación de papas durante las Segunda Guerra Mundial. Pero volvamos a lo que más me preocupa: ¿por qué esta sueca no tiene algo de Ursula Andress?
Escena 2. La Guardia Real, espectáculo ridículo si los hay. Los ingleses lo saben. Como conocen el deseo bobalicón del viajero que estrena carné de turista y lo complacen. En el fondo, a muchos les gustan los uniformes, aunque no lo quieran reconocer. Los británicos saben que este numerito en vivo es parte de su circo, y por más que me ría en su cara, seguirán haciéndolo. Lo que no me van a permitir es cruzar de la vereda del Palacio de Buckingham a la plaza mientras los bobbies estén marchando. "Bobis" quedamos nosotros, apilados en manada viendo el desfile ritual que se repite cada mañana, a las 11 en punto. Para amenizar, esta vez trajeron escoceses, impostores que hacen sonar sus gaitas y flautines, mientras un par de italianas se ríen ante la posibilidad de que un viento travieso nos muestre lo que estos señores barrigones portan debajo de esas faldas a cuadritos. Espero que termine el show para poder cruzar y, sin pisar las flores del parque, escapar hacia el Candem Market. Mientras Buckingham asiste a la ceremonia con mayúsculas, varios cientos de ecologistas, anticapitalistas y demás plantan semillas de cannabis sativa frente a Westminster, rompen las vidrieras de un McDonald’s y aggiornan la estatua de Winston Churchill que queda lista para una rave: los demonstrators le dibujaron una cruz esvástica en el lado izquierdo del pecho, le pintaron un ojo con verde fluorescente y le calzaron un penacho de zorrino fucsia sobre la cabeza. Londres modelo 2000. "¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón!", habría regañado con indignación un típico gentleman inglés la mañana siguiente, enfundado en un sobretodo de tweed, si hubiera recorrido el Río de la Plata. De esos personajes cada día se encuentran menos. Las colonias están dándole a Inglaterra su efecto de retorno por lo que es muy fácil toparse con indios, pakistaníes, orientales y un buen surtido de inmigrantes de todo el mundo que también coparon las letras: Kazuo Ishiguro, por ejemplo, con un nombre nada british es considerado con su novela The remains of the day (Lo que queda del día) uno de los escritores más representativos de Gran Bretaña. "Nació en Japón, pero su cultura la desarrolló aquí", me explica el librero del local en el que se inspiraron para la película Notting Hill.
Escena 3. En la parada del ómnibus un cartelito afirma que el próximo double decker pasará a las 11:47. Exactamente en tres minutos. Me distraigo mirando los anuncios de una cabina telefónica pintada en color petróleo y la puntualidad inglesa me pasa por encima, dejándome indignado. Sin que mi mano llegue a hacerle una señal, el colectivo sigue de largo. El próximo pasará a las 12:02. Tengo tiempo de estudiar las ofertas sexuales étnicas, tanto o más variadas que las culinarias. Lo pienso un segundo, ¿me subo a uno de esos taxis con curvas "bombé", manejados a contramano, por la izquierda, y me hago el lord inlgés o camino hasta la línea gris del subte, La Jubilee, y me siento un Keanu Reeves en una de las mejores escenas de The Matrix? La Jubilee, modernísima, combina aluminio y cemento y une Bond Street, Westminster, Londron Bridge y North Greenwich. Opto por el contraste más contemporáneo y me subo al subte, que me lleva al Dome, lo más "nuevo milenio" de la arquitectura inglesa. Hecho con teflón, fibra de vidrio, acero y cemento, ofrece un espacio didáctico y espectáculos de luz y sonido con acordes de Peter Gabriel.
Escena 4. Mal
humor total. No hay peor pesadilla que tener hambre en
Londres. Dar con un restaurante bueno y barato es más
difícil que lograr que un londinense diga "Malvinas" en
lugar de "Falklands". Las cadenas de tenedor libre de pizza
y pasta son desastrosas y los locales de comida étnica son
cada vez más abundantes y menos sabrosos. De pura rabia, me
meto en el elegantísimo Café Royal, uno de los más famosos
restaurantes de la ciudad, en el 68 de Regent Street. Sé que
mi bolsillo no da ni para un vaso de agua pero, como una
guía de la ciudad reseña que allí solían almorzar Oscar
Wilde y Bernard Shaw, no me lo quiero perder. En el salón de
la planta baja, forrado en terciopelo, dorados y cristales,
el menú fijo del día cuesta 50 dólares.
Escena 5.
"Por ahí se escurría la sangre", le escucho decir, muy
serio, a un hombre que habla un inglés lento, especial para
turistas. "Las vísceras de Annie Chapman estaban
desparramadas por aquí." Su público es un grupo de ocho
personas que ponen caras que oscilan entre el asco y el
terror. No tengo ni idea de quién era la pobre Annie Chapman
y como me intriga, le pregunto a una chica de pelo lacio y
remera a rayas. "La tercera prostituta que Jack El
Destripador asesinó en 1888", me responde. Recién ahí caigo
en la cuenta de que me acabo de topar con uno de esos tours
temáticos que los ingleses saben explotar, especialmente
para los norteamericanos. Estoy en el East End de Londres,
una zona de edificios altos, bancos y compañías de seguros.
Ya oscureció y sigo al grupo de fans de El Destripador, a la
distancia. Después, me entero de que salieron de la estación
de subte de Whitechapel, a las siete y media de la tarde, y
que el recorrido tras los pasos del asesino más famoso de
Gran Bretaña dura dos horas. Entre agosto y noviembre de
1888, Jack masacró a seis prostitutas. Nunca fue capturado,
a pesar de las burlonas cartas que envió a Scotland Yard.
Jamás se reveló su identidad. Las sospechas indicaban al
duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y nieto de la
reina Victoria. También se habló de un espía ruso, Alexei
Pedachenko, y hasta de un médico argentino, por la habilidad
que demostró con un filo a mano.
Mientras me alejo del grupo me acuerdo de Jack Palance. Creo
haber visto, de chico, una versión de El Destripador con su
cara. Escena 6. Hasta los puentes de Londres hablan del contraste que la ciudad inauguró con el 2000. Entre las históricas construcciones de Westminster y el Tower Bridge los británicos inauguraron la Millenium Mile, una milla modernosa que comunica con el South Bank, donde se puede visitar The Globe, uno de los teatros más antiguos de Gran Bretaña, lugar en el que el mismísimo Shakespeare solía poner en escena sus obras en el siglo XVI. Cerca de allí, la geografía me devuelve abruptamente al presente: otro puente, el Millenium Bridge, comunica desde mayo del año pasado la Tate Gallery of Modern Art con la Saint Paul Cathedral.
Escena 7. En la otra orilla de los contrastes de Londres
existe una oferta turística más clásica, tan tradicional
como el five o’clock tea (el té de las cinco de la tarde).
De ese lado, no puede faltar una referencia a los Beatles,
embajadores sin tiempo de toda Gran Bretaña. Averiguo qué
double decker me lleva hasta Abbey Road, la calle que dio
nombre al último álbum que John, Paul, Ringo y George
grabaron juntos. El 82 pasa por la puerta de los estudios
homónimos. Distraído, mirando por la ventanilla, vengo
esperando el cartel luminoso que señale la gloriosa senda
peatonal que los muchachos de Liverpool inmortalizaron en la
tapa del disco. Pero no veo nada. Lejos de tal
grandilocuencia, observo, al pasar, cierto movimiento frente
a una casita blanca: "Abbey Road Studio", dice el cartel. Me
bajo del bus y retrocedo. Los estudios de grabación invitan,
a través de una inscripción en la puerta a no ingresar, a
buscar souvenires beatles en un mini negocio montado a tres
cuadras de allí. Intentar repetir la foto del álbum es un
infierno. El tránsito de autos, colectivos y taxis es
constante y en esa esquina no hay semáforo. Tiene, en
cambio, un cartel con el nombre de la calle mamarracheado en
varios idiomas. Son los homenajes que dejan en su paso por
allí los fans más viscerales. Me pongo a conversar con un
japonés que me recomienda el recorrido beatle de la Saville
Row, allí donde están los estudios Apple. Desde los tejados
de Apple, los Beatles tocaron cuarenta minutos en enero de
1969, hasta que llegó la police y los hizo bajar.
Escena 8. Por primera vez, desde que estoy en Londres, la capital más grande de Europa, tengo la sensación de que sus siete millones de habitantes están aquí, reunidos, en el Camden Market, el mercado de pulgas al que se llega bajándose en las estaciones de subte Camden o Chalk Farm. Es sábado a la tarde y estalla de visitantes, locales y extranjeros, que revuelven entre los discos, muebles, cueros y demás rubros que allí se ofrecen. Antonio, un guía turístico de un contingente de españoles, me recomienda el Portobello Market, pero sugiere que lo recorra un sábado, de mañana. "Encontrarás ropa usada, antigüedades, joyas, frutas y verduras", me cuenta. Le pregunto si conoce el mercado de Petticoat Lane, en la parte este de la ciudad, y me baja el pulgar. "Funciona los domingos por la mañana pero es carísimo, chaval", argumenta Antonio y se despide. La marea humana del Camden nos empuja en direcciones contrarias.
Escena 9. Me indigna un poco pensar que dentro
de ese enorme edificio que queda a diez minutos de Piccadilly Circus se exhiben tesoros que los ingleses se
trajeron de culturas ancestrales del resto del mundo. Pero
sé que si no entro al British Museum, jamás veré los únicos
restos que se conservan de los frisos del Partenón, por
ejemplo. Mientras Gran Bretaña y Grecia no se terminen de
poner de acuerdo sobre su restitución a la Acrópolis, aquí
están, enfrentados, en uno de los salones más visitados del
museo. El British puede ser un buen plan para un día de
lluvia. Lo único que me reconcilia con los británicos es la
entrada gratis. Hay enormes alcancías de acrílico
transparente que invitan a colaborar con lo que uno pueda.
Pero el que no puede o no quiere, entra igual. El museo, que
se fundó en 1753, tiene 94 salas que guardan cerca de 7
millones de piezas. Lo recorro rápido, repaso papiros
egipcios, sarcófagos, momias, monedas y medallas.
Escena 10. El aire íntimo de
Londres se respira en Notting Hill, que lo perdió un poco
después de la película de Julia Roberts y Hugh Grant. Esta
zona londinense, que en los años ‘50 y ‘60 fue centro de la
comunidad caribeña, tiene un aspecto cosmopolita, hoy
acentuado por la actitud de los 600 residentes del barrio
que actuaron de extras en el filme. Mientras voy pensando en
que la calle Portobello sería mucho más linda si no tuviera
autos, tal como se la vio en la película. Las fantasías del
cine llevan a los turistas hasta la puerta de la casa que
habitó el Hugh Grant de celuloide, que hoy cambió de color.
Desilusión total para los cinéfilos ingenuos y alegría para
el dueño de la propiedad, que quintuplicó el alquiler de la
vivienda. Porque Londres también cuenta con un circuito de
rincones que sirvieron de escenografía para películas como
Shakaespeare apasionado, 101 Dálmatas y Cuatro bodas y un
funeral, entre otras. La zona de Middle Temple, por ejemplo,
reúne varios edificios tradicionales donde se forman los
abogados londinenses. Allí, en el Middle Temple Hall, se
cree que Shakespeare representó su obra La noche de Reyes,
en 1601. Ese mismo paisaje también sirvió para rodar algunas
escenas de Shakespeare apasionado. El Royal Naval College,
en Greenwich, tiene una capilla que se utilizó para celebrar
uno de los casamientos de Cuatro bodas y un funeral. Y un
poco más atrás en el tiempo, cuando el Covent Garden era un
mercado de frutas y verduras, fue el lugar ideal para Mi
bella dama, la versión musical de la obra Pygmalion, de
Bernard Shaw. Hoy es un simpático centro de restaurantes y
compras. Porque en Londres, todo vale. Si no, que lo niegue
la estatua del mítico Sherlock Holmes que desde 1999 adorna
la estación de trenes de Marylebone, la más cercana a Baker
Street. Los británicos celebran a sus personajes, ficticios
o reales, con igual devoción: el mármol es tan loable para
el histórico Churchill como para Sherlock, que nunca existió
en la vida real. Un contraste más de la Londres de hoy.
LONDRES II
texto y fotos: Brian Jait
Estos lugares y alguno más formaron parte de ese completo itinerario. Miles de imágenes venían a mi mente mientras trataba de captar esa historia que ocultan tras sus muros las centenarias edificaciones londinenses. Pero sin dudas, una de las postales que se grabó para siempre en mi retina fue ese punto donde el pasado y el presente se unen: la vista de dos de los puentes más famosos de Londres: el Puente de Londres y el majestuoso Puente de la Torre, puente levadizo del siglo pasado. Pocos días después, la zona de los muelles de Londres, uno de los proyectos de reciclaje más ambiciosos para la construcción de viviendas y oficinas, terminaría por mostrarme esos enormes contrastes de la ciudad, dónde lo moderno convive con lo histórico. Desde ahí, el Docklands Light Railway me llevó con mi bicicleta a cuestas desde Bank of London, en la City, hasta Island Gardens en el extremo sur de Isle of Dogs. A diez minutos de esa zona sabía que se encontraba el histórico Greenwich, el clásico lugar donde los viajeros suelen retratarse con un pie en oriente y otro en occidente.
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