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maravillosa que la cultura
británica fue hasta hoy.
Anacrónica, kitsch, todo el mundo quiere ver Londres desde
donde nunca antes se la vio. Los fines de semana, las colas
serpentean por la orilla del río con un orden tan british
que contagia. Las lecciones de obediencia que los ingleses
impartieron por el mundo fueron bien aprendidas. Y yo no voy
a ser menos. Aquí estoy, comiéndome el garrón de cuarenta y
tantos minutos, siguiendo a esa sueca que podría estar
mejor, encarnación perfecta del deshonor a la fama de diosas
que tienen sus compatriotas. Seguiré esas espaldas tan poco
prometedoras hasta que me encapsulen y el paisaje me
distraiga. Mientras tanto, la tarde se me escapa, justo
ahora que hay sol y Londres va tomando un tonito golden.
Justo ahora que podría estar caminando por Trafalgar Square,
o tirado en el green de Hyde Park, ese espacio verde que
antiguamente fue coto de caza real, escenario de duelos,
ejecuciones y carreras de caballos y hasta una gigantesca
plantación de papas durante las Segunda Guerra Mundial. Pero
volvamos a lo que más me preocupa: ¿por qué esta sueca no
tiene algo de Ursula Andress?

Escena 2. La Guardia Real,
espectáculo ridículo si los hay. Los ingleses lo saben. Como
conocen el deseo bobalicón del viajero que estrena carné de
turista y lo complacen. En el fondo, a muchos les gustan los
uniformes, aunque no lo quieran reconocer. Los británicos
saben que este numerito en vivo es parte de su circo, y por
más que me ría en su cara, seguirán haciéndolo. Lo que no me
van a permitir es cruzar de la vereda del Palacio de
Buckingham a la plaza mientras los bobbies estén marchando.
"Bobis" quedamos nosotros, apilados en manada viendo el
desfile ritual que se repite cada mañana, a las 11 en punto.
Para amenizar, esta vez trajeron escoceses, impostores que
hacen sonar sus gaitas y flautines, mientras un par de
italianas se ríen ante la posibilidad de que un viento
travieso nos muestre lo que estos señores barrigones portan
debajo de esas faldas a cuadritos. Espero que termine el
show para poder cruzar y, sin pisar las flores del parque,
escapar hacia el Candem Market. Mientras Buckingham asiste a
la ceremonia con mayúsculas, varios cientos de ecologistas,
anticapitalistas y demás plantan semillas de cannabis sativa
frente a Westminster, rompen las vidrieras de un McDonald’s
y aggiornan la estatua de Winston Churchill que queda lista
para una rave: los demonstrators le dibujaron una cruz
esvástica en el lado izquierdo del pecho, le pintaron un ojo
con verde fluorescente y le calzaron un penacho de zorrino
fucsia sobre la cabeza. Londres modelo 2000. "¡Qué falta de
respeto! ¡Qué atropello a la razón!", habría regañado con
indignación un típico gentleman inglés la mañana siguiente,
enfundado en un sobretodo de tweed, si hubiera recorrido el
Río de la Plata. De esos personajes cada día se encuentran
menos. Las colonias están dándole a Inglaterra su efecto de
retorno por lo que es muy fácil toparse con indios,
pakistaníes, orientales y un buen surtido de inmigrantes de
todo el mundo que también coparon las letras: Kazuo Ishiguro,
por ejemplo, con un nombre nada british es considerado con
su novela The remains of the day (Lo que queda del día) uno
de los escritores más representativos de Gran Bretaña.
"Nació en Japón, pero su cultura la desarrolló aquí", me
explica el librero del local en el que se inspiraron para la
película Notting Hill.
Escena 3. En la parada del ómnibus un
cartelito afirma que el próximo double decker pasará a las
11:47. Exactamente en tres minutos. Me distraigo mirando los
anuncios de una cabina telefónica pintada en color petróleo
y la puntualidad inglesa me pasa por encima, dejándome
indignado. Sin que mi mano llegue a hacerle una señal, el
colectivo sigue de largo. El próximo pasará a las 12:02.
Tengo tiempo de estudiar las ofertas sexuales étnicas, tanto
o más variadas que las culinarias. Lo pienso un segundo, ¿me
subo a uno de esos taxis con curvas "bombé", manejados a
contramano, por la izquierda, y me hago el lord inlgés o
camino hasta la línea gris del subte, La Jubilee, y me
siento un Keanu Reeves en una de las mejores escenas de The
Matrix? La Jubilee, modernísima, combina aluminio y cemento
y une Bond Street, Westminster, Londron Bridge y North
Greenwich. Opto por el contraste más contemporáneo y me subo
al subte, que me lleva al Dome, lo más "nuevo milenio" de la
arquitectura inglesa. Hecho con teflón, fibra de vidrio,
acero y cemento, ofrece un espacio didáctico y espectáculos
de luz y sonido con acordes de Peter Gabriel.
Escena 4. Mal
humor total. No hay peor pesadilla que tener hambre en
Londres. Dar con un restaurante bueno y barato es más
difícil que lograr que un londinense diga "Malvinas" en
lugar de "Falklands". Las cadenas de tenedor libre de pizza
y pasta son desastrosas y los locales de comida étnica son
cada vez más abundantes y menos sabrosos. De pura rabia, me
meto en el elegantísimo Café Royal, uno de los más famosos
restaurantes de la ciudad, en el 68 de Regent Street. Sé que
mi bolsillo no da ni para un vaso de agua pero, como una
guía de la ciudad reseña que allí solían almorzar Oscar
Wilde y Bernard Shaw, no me lo quiero perder. En el salón de
la planta baja, forrado en terciopelo, dorados y cristales,
el menú fijo del día cuesta 50 dólares.

Doy media vuelta y salgo. En los últimos cinco años, Londres
estiró la movida nocturna hasta tal punto que hay
restaurantes chinos, hindúes, japoneses y vietnamitas que
están abiertos las 24 horas. No es el caso del Wing Kee,
especializado en cocina china del norte (curiosa aclaración
que figura en la tarjeta del lugar) que es de lo más pasable
y cierra a medianoche. Queda en el 59 Charing Cross Road,
cerca de la estación de subte Leicester Square, y tiene 17
variedades de platos. La comida cuesta 4,90 libras por
persona, sin bebida, y recuerda mucho a los primeros
tenedores libres orientales que coparon Buenos Aires hace
seis o siete años. Por un instante coqueteo con la idea de
un Burger King de parado en Victoria Station. Pero no, odio
las hamburguesas. Termino en el Wing Kee, sonriéndole a la
cámara que filma las fuentes humeantes de salsa agridulce
para después mostrarlas en la vidriera del local.
Escena 5.
"Por ahí se escurría la sangre", le escucho decir, muy
serio, a un hombre que habla un inglés lento, especial para
turistas. "Las vísceras de Annie Chapman estaban
desparramadas por aquí." Su público es un grupo de ocho
personas que ponen caras que oscilan entre el asco y el
terror. No tengo ni idea de quién era la pobre Annie Chapman
y como me intriga, le pregunto a una chica de pelo lacio y
remera a rayas. "La tercera prostituta que Jack El
Destripador asesinó en 1888", me responde. Recién ahí caigo
en la cuenta de que me acabo de topar con uno de esos tours
temáticos que los ingleses saben explotar, especialmente
para los norteamericanos. Estoy en el East End de Londres,
una zona de edificios altos, bancos y compañías de seguros.
Ya oscureció y sigo al grupo de fans de El Destripador, a la
distancia. Después, me entero de que salieron de la estación
de subte de Whitechapel, a las siete y media de la tarde, y
que el recorrido tras los pasos del asesino más famoso de
Gran Bretaña dura dos horas. Entre agosto y noviembre de
1888, Jack masacró a seis prostitutas. Nunca fue capturado,
a pesar de las burlonas cartas que envió a Scotland Yard.
Jamás se reveló su identidad. Las sospechas indicaban al
duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y nieto de la
reina Victoria. También se habló de un espía ruso, Alexei
Pedachenko, y hasta de un médico argentino, por la habilidad
que demostró con un filo a mano.
Mientras me alejo del grupo me acuerdo de Jack Palance. Creo
haber visto, de chico, una versión de El Destripador con su
cara.

Escena 6. Hasta los puentes de Londres hablan del
contraste que la ciudad inauguró con el 2000. Entre las
históricas construcciones de Westminster y el Tower Bridge
los británicos inauguraron la Millenium Mile, una milla
modernosa que comunica con el South Bank, donde se puede
visitar The Globe, uno de los teatros más antiguos de Gran
Bretaña, lugar en el que el mismísimo Shakespeare solía
poner en escena sus obras en el siglo XVI. Cerca de allí, la
geografía me devuelve abruptamente al presente: otro puente,
el Millenium Bridge, comunica desde mayo del año pasado la
Tate Gallery of Modern Art con la Saint Paul Cathedral.
Escena 7. En la otra orilla de los contrastes de Londres
existe una oferta turística más clásica, tan tradicional
como el five o’clock tea (el té de las cinco de la tarde).
De ese lado, no puede faltar una referencia a los Beatles,
embajadores sin tiempo de toda Gran Bretaña. Averiguo qué
double decker me lleva hasta Abbey Road, la calle que dio
nombre al último álbum que John, Paul, Ringo y George
grabaron juntos. El 82 pasa por la puerta de los estudios
homónimos. Distraído, mirando por la ventanilla, vengo
esperando el cartel luminoso que señale la gloriosa senda
peatonal que los muchachos de Liverpool inmortalizaron en la
tapa del disco. Pero no veo nada. Lejos de tal
grandilocuencia, observo, al pasar, cierto movimiento frente
a una casita blanca: "Abbey Road Studio", dice el cartel. Me
bajo del bus y retrocedo. Los estudios de grabación invitan,
a través de una inscripción en la puerta a no ingresar, a
buscar souvenires beatles en un mini negocio montado a tres
cuadras de allí. Intentar repetir la foto del álbum es un
infierno. El tránsito de autos, colectivos y taxis es
constante y en esa esquina no hay semáforo. Tiene, en
cambio, un cartel con el nombre de la calle mamarracheado en
varios idiomas. Son los homenajes que dejan en su paso por
allí los fans más viscerales. Me pongo a conversar con un
japonés que me recomienda el recorrido beatle de la Saville
Row, allí donde están los estudios Apple. Desde los tejados
de Apple, los Beatles tocaron cuarenta minutos en enero de
1969, hasta que llegó la police y los hizo bajar.

En Londres, hay dos Beatles Walks: The Beatles Magical
Mystery Tour y The Beatles "In my life" Walk, que incluye el
lugar donde se filmó Anochecer de un día agitado y Socorro.
El guía de este último se llama Richard Porter y, a medida
que avanza en el itinerario, ameniza el tour con música de
la banda que suena desde un grabador que lleva al hombro.
Según Porter, unas ocho mil personas lo siguen por año.
¿Seré yo el ocho mil uno?
Escena 8. Por primera vez, desde
que estoy en Londres, la capital más grande de Europa, tengo
la sensación de que sus siete millones de habitantes están
aquí, reunidos, en el Camden Market, el mercado de pulgas al
que se llega bajándose en las estaciones de subte Camden o
Chalk Farm. Es sábado a la tarde y estalla de visitantes,
locales y extranjeros, que revuelven entre los discos,
muebles, cueros y demás rubros que allí se ofrecen. Antonio,
un guía turístico de un contingente de españoles, me
recomienda el Portobello Market, pero sugiere que lo recorra
un sábado, de mañana. "Encontrarás ropa usada, antigüedades,
joyas, frutas y verduras", me cuenta. Le pregunto si conoce
el mercado de Petticoat Lane, en la parte este de la ciudad,
y me baja el pulgar. "Funciona los domingos por la mañana
pero es carísimo, chaval", argumenta Antonio y se despide.
La marea humana del Camden nos empuja en direcciones
contrarias.
Escena 9. Me indigna un poco pensar que dentro
de ese enorme edificio que queda a diez minutos de Piccadilly Circus se exhiben tesoros que los ingleses se
trajeron de culturas ancestrales del resto del mundo. Pero
sé que si no entro al British Museum, jamás veré los únicos
restos que se conservan de los frisos del Partenón, por
ejemplo. Mientras Gran Bretaña y Grecia no se terminen de
poner de acuerdo sobre su restitución a la Acrópolis, aquí
están, enfrentados, en uno de los salones más visitados del
museo. El British puede ser un buen plan para un día de
lluvia. Lo único que me reconcilia con los británicos es la
entrada gratis. Hay enormes alcancías de acrílico
transparente que invitan a colaborar con lo que uno pueda.
Pero el que no puede o no quiere, entra igual. El museo, que
se fundó en 1753, tiene 94 salas que guardan cerca de 7
millones de piezas. Lo recorro rápido, repaso papiros
egipcios, sarcófagos, momias, monedas y medallas.
Sigo recorriendo salas hasta que doy con la famosa Piedra
Roseta, un pedazo de roca oscura esculpida, que permitió
descifrar el significado de los jeroglíficos. Fue
descubierta en Roseta, en el delta del Nilo, en 1799, y su
valor está en que contiene, sobre el granito, un texto
escrito en el año 196 antes de Cristo en tres versiones:
jeroglífico, demótico y griego. El egiptólogo Champollión
descubrió los sonidos que correspondían a los caracteres y
dio el puntapié inicial para las investigaciones que se
hicieron después sobre el lenguaje de Egipto. La Piedra
Roseta está protegida por un vidrio para contrarrestar el
entusiasmo de los visitantes que solían acariciarla. Le
dedico una hora más al British Museum mientras sigo pensando
en cómo les da la cara a los ingleses para lucirse mostrando
el patrimonio cultural ajeno.
Escena 10. El aire íntimo de
Londres se respira en Notting Hill, que lo perdió un poco
después de la película de Julia Roberts y Hugh Grant. Esta
zona londinense, que en los años ‘50 y ‘60 fue centro de la
comunidad caribeña, tiene un aspecto cosmopolita, hoy
acentuado por la actitud de los 600 residentes del barrio
que actuaron de extras en el filme. Mientras voy pensando en
que la calle Portobello sería mucho más linda si no tuviera
autos, tal como se la vio en la película. Las fantasías del
cine llevan a los turistas hasta la puerta de la casa que
habitó el Hugh Grant de celuloide, que hoy cambió de color.
Desilusión total para los cinéfilos ingenuos y alegría para
el dueño de la propiedad, que quintuplicó el alquiler de la
vivienda. Porque Londres también cuenta con un circuito de
rincones que sirvieron de escenografía para películas como
Shakaespeare apasionado, 101 Dálmatas y Cuatro bodas y un
funeral, entre otras. La zona de Middle Temple, por ejemplo,
reúne varios edificios tradicionales donde se forman los
abogados londinenses. Allí, en el Middle Temple Hall, se
cree que Shakespeare representó su obra La noche de Reyes,
en 1601. Ese mismo paisaje también sirvió para rodar algunas
escenas de Shakespeare apasionado. El Royal Naval College,
en Greenwich, tiene una capilla que se utilizó para celebrar
uno de los casamientos de Cuatro bodas y un funeral. Y un
poco más atrás en el tiempo, cuando el Covent Garden era un
mercado de frutas y verduras, fue el lugar ideal para Mi
bella dama, la versión musical de la obra Pygmalion, de
Bernard Shaw. Hoy es un simpático centro de restaurantes y
compras. Porque en Londres, todo vale. Si no, que lo niegue
la estatua del mítico Sherlock Holmes que desde 1999 adorna
la estación de trenes de Marylebone, la más cercana a Baker
Street. Los británicos celebran a sus personajes, ficticios
o reales, con igual devoción: el mármol es tan loable para
el histórico Churchill como para Sherlock, que nunca existió
en la vida real. Un contraste más de la Londres de hoy.

||| Texto y fotos de César de Luca, de la revista
Marcopolo, una de las mejores revistas sobre turismo
mochilero de la Argentina, Mayo de 2001 |||
LONDRES
texto y fotos: Brian Jait

Londres fue la primera parada del que sería uno de los
viajes más largos de mi vida. Pero más allá de que es ideal
tanto para comenzar la aventura como para terminarla, estar
en la reina del Támesis significa realizar un viaje por la
historia, porque sus calles y edificios son testimonio de la
riqueza cultural de Europa. Cada vez que camino por las
calles de la ciudad me transporto algunos siglos atrás y me
veo entre la gente de ese entonces; esos personajes que
solemos ver en las películas épicas. Así los taxistas se
convierten mágicamente en cortesanos; las mujeres, en esas
doncellas que esperan a sus caballeros de vuelta de alguna
cruzada; los verduleros en granjeros, con sus costumbres y
tradiciones, muchas de las cuales todavía se mantienen. Solo
hay pequeñas variaciones: los granjeros de hoy usan la palm
para ubicar a sus amigos.
Aventura en dos ruedas: Recorrer Londres no es fácil para
quien va por primera vez y la cosa se vuelve más compleja si
se cuenta con poco tiempo. La colorida capital británica es
una de las más vibrantes del Viejo Continente y hasta
–diría– del mundo. Infinidad de cosas para ver y hacer,
atracciones mundialmente conocidas, historia a cada paso y
una agitada vida nocturna se conjugan en cada uno de sus
barrios. De todas las opciones para moverse y conocer la
ciudad, la mía fue comprar una bicicleta usada en el mercado
de los domingos del barrio de Liverpool. Con tan sólo 17
libras pude acceder a una forma de viajar barata y cómoda.
Además del ahorro que significaba no tener que tomarme el
tube o el tren, las distancias que separaban las atracciones
de Londres no eran tan largas, y la bici se convertía en el
vehículo ideal. Otra de las ventajas de recorrer la ciudad
así era que era yo el que ponía los tiempos y no tenía que
fijarme a qué hora pasaba el último double decker (los
famosos autobuses de dos pisos). Sólo restaba comprar una
buena cadena -porque, al igual que en Buenos Aires, hay
muchos robos- y un par de luces para que me vieran de noche
y no terminar en algún hospital londinense dándome cuenta
que todo el inglés que había aprendido no servía para nada.
Entonces sí, todo estuvo listo para salir a las calles
angostas de la vieja ciudad. Encontrar dónde parar tampoco
fue difícil. Tuve la suerte de estar unos días en la casa de
un amigo argentino que vive allá hace un tiempo; así me
ahorraba también el hotel. Y lo mejor de todo es que su
habitación, en un clásico piso compartido, estaba tan sólo a
20 minutos de bici del reloj más famoso de Londres: el Big
Ben. Yo no podía pedir más. Eso sí, nuestros compañeros y
dueños del departamento eran unos personajes bastante
extraños. Francesca, una italiana un tanto exaltada, jamás
se enteró de mi paso por su departamento. El colchoncito en
el piso, que oficiaba de cama y que a los pocos días ya
había logrado que mi espalda se quejara de algo más que de
los kilómetros que permanecía encorvada al andar en
bicicleta, nunca fue visto por ella como mi lugar en su
casa.

Comenzando el recorrido: Mi primera elección fue la del
clásico turista que por primera vez vista la ciudad. Sabía
que la manera más fácil de conocer los íconos de Londres era
haciendo el London Transport Sightseeing Tour London Plus,
un city tour en ómnibus que con varias salidas diarias te da
la posibilidad de subir y bajar en más de treinta paradas
diferentes. Poco dispuesto a pagar el ticket, hice la gran
porteño y seguí con mi bicicleta al double decker sin techo.
La estatua Eros, en Picadilly Circus, Trafalgar Square y el
Big Ben en el Parlamento junto al río Támesis, la Torre de
Londres, que desde su construcción en el siglo XI, ha
servido como palacio, prisión y casa de moneda y hoy exhibe
la colección de joyas de la corona, la histórica abadía de
Westminster, donde se coronaron y enterraron a soberanos
ingleses, la St. Pauls Catedral, el paseo por la zona de
Mayfair entre casa lujosísimas, los parques, el Hyde Park
junto al Green Park, donde se hace el cambio de guardias
igual que hace cientos de años.
Estos lugares y alguno más
formaron parte de ese completo itinerario. Miles de imágenes
venían a mi mente mientras trataba de captar esa historia
que ocultan tras sus muros las centenarias edificaciones
londinenses. Pero sin dudas, una de las postales que se
grabó para siempre en mi retina fue ese punto donde el
pasado y el presente se unen: la vista de dos de los puentes
más famosos de Londres: el Puente de Londres y el majestuoso
Puente de la Torre, puente levadizo del siglo pasado. Pocos
días después, la zona de los muelles de Londres, uno de los
proyectos de reciclaje más ambiciosos para la construcción
de viviendas y oficinas, terminaría por mostrarme esos
enormes contrastes de la ciudad, dónde lo moderno convive
con lo histórico. Desde ahí, el Docklands Light Railway me
llevó con mi bicicleta a cuestas desde Bank of London, en la
City, hasta Island Gardens en el extremo sur de Isle of Dogs.
A diez minutos de esa zona sabía que se encontraba el
histórico Greenwich, el clásico lugar donde los viajeros
suelen retratarse con un pie en oriente y otro en occidente.
Un poco de Historia. En la ciudad, la historia no sólo está
ahí dispuesta a que la descubras en cada edificio o pasaje.
Sus museos y galerías, que se despliegan en restaurados
depósitos victorianos en cada vuelta de esquina, también
albergan las leyendas, las tradiciones y la memoria del
pueblo sajón. Como quería conocer de cerca la historia de la
capital, desde los tiempos más remotos, el Museo de Londres
fue mi primera elección. Creo que una de las cosas que más
me llamó la atención fue la Roseta stone, una piedra con
inscripciones y jeroglíficos egipcios que encontró Napoleón
en una de sus batallas y gracias la cual pudo develarse la
escritura de los viejos faraones. Después de haberme
encerrado en esa especie de máquina del tiempo, me dirigí a
la National Gallery, en Trafalgar Square, para ver la
magnífica colección de las principales escuelas artísticas
europeas, desde el siglo XIII hasta el 1900.

Siguiendo el rumbo de los artistas, visité en St. Martin´s
Place la National Portrait Gallery, con sus retratos de
personajes famosos de la historia británica. En el Museo del
Teatro, como su nombre lo indica, asistí a la historia de la
escena desde Shakespeare hasta nuestros días. Demasiada
cultura para un solo día, pensé; y me dirigí al Museo de la
Imagen en Movimiento (MOMI). Este es un lugar único en su
tipo, ubicado en el complejo artístico de South Bank. Y no
exagero. Su exhibición, que gira en torno al cine y la
televisión, me permitió descubrir desde las sombras
chinescas que se empleaban en el, hasta la más moderna
tecnología. Un lugar que, para fanáticos del cine como yo,
resulta sencillamente imperdible. Otro atractivo, no apto
para cardíacos, es el museo sobre el horror medieval, el
London Dungeon, que recrea con técnicas y efectos especiales
tan nefasta época. Y cómo perderme ir al Madame Tussauds, el
mejor museo de cera del mundo, donde encontrás
reproducciónes idénticas de los más famosos personajes de la
historia. Los reyes ingleses, los Beattles, actores,
pintores y personajes del deporte forman parte de la
muestra. Aunque es notable la ausencia del más grande de
todos: Maradona. ¿Por que será?
Mercados: Vibrantes, ruidosos y llenos de vida, los mercados
que todos los días invaden las calles de Londres, son
ideales tanto para encontrar esos objetos que nunca pensaste
que podían existir, como para curiosear desde antigüedades y
artesanías hasta moda y accesorios. Los fines de semana y
sobre todo los sábados son de Camden Market o de Portobello
Road, ubicado en una pintoresca calle empinada con casas
victorianas pintadas de colores. Sus casi 800 puestos de
venta ofrecen desde muebles, cuadros y objetos de plata
hasta viejas estampillas y curiosidades de la ciudad. Los
domingos en Covent Garden tienen una magia especial. Es un
lugar increíble con alguna semejanza a nuestra Plaza
Francia, con espectáculos todo el día, desde malabaristas,
magos, gente tocando la gaita y cuanto personaje te imagines
en las calles.
De noche:Las noches en Londres merecen un párrafo aparte. No
hay como esta ciudad para ver un musical con lujosas puestas
en escenas, fabuloso vestuario y magníficas canciones y
coreografías en teatros que tienen más de cien años. Además
existe una gran cantidad de clubes
que ofrecen una buena selección de música en vivo. Pero para
disfrutar de la verdadera noche inglesa, nada mejor que
comenzar en un pub: desde posadas históricas donde sirven
cerveza tradicional hasta bares que ofrecen tragos de los
más variados y vinos de todas partes del mundo. Los pubs son
una parte fundamental de la cultura londinense, en cada
cuadra hay uno con clientes que los visitan de por vida. Dos
de las zonas más populares, dónde se concentran locales y
turistas en bares de moda, son la de Covent Garden y la de
Kings Road en Chelsea. Y si tenés la suerte de visitar la
ciudad en verano y permanecer lejos de la clásica neblina,
no hay como tomar un trago a orillas del Támesis y
simplemente sentarte al aire libre para ver como el mundo
pasa frente a tus ojos.

||| Texto y fotos de Brian Jait, de la revista Marcopolo
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